jueves, 3 de octubre de 2013

Capítulo 17.

Especial, ¿hasta cuándo? Por mucho que él le hubiera dicho una vez que era hombre de una sola mujer, tarde o temprano cambiaría de presa. Si ya lo había hecho una vez, teniendo novia, ¿qué reparo tenía en volver a hacerlo de nuevo? Y no podría aguantarlo. No era más ni mejor que cualquier otra chica. Solo una chica normal de un pueblo pequeño. Louis podía conseguir cualquier cosa que pidiera. 

- Yo... - No sabía que decir. No tenía nada más que hacer ni decir, a parte de irme de allí. Volvería a casa y lo pensaría todo sin que él pudiera manipular, consciente o inconscientemente, lo que finalmente decida. - Gracias por el desayuno y eso..., pero creo que debo irme. - Le di un beso en la mejilla y me dirigí a la puerta. Louis me siguió y me cogió suavemente de la muñeca y me frenó. 

- ¿Te llamo luego? - Me pensé dos veces la respuesta antes de contestar. 

- Te llamo yo, ¿vale? - Se encogió de hombros, asintió e intentó darme un beso en los labios que acabó rozando mi mejilla.

Louis me miró desconcertado pero no dijo nada cuando salí de su casa.

Bufé cuando me alejé lo suficiente. No era normal mi cambio tan actitud, es cierto, pero no podía creer lo que acababa de decirme. No por que dudara de su palabra, ni mucho menos. Si no que dudaba de la versión que él tenía sobre mí. Nunca he merecido ni aceptado un trato especial. No era capaz de recibir tanto cariño, y mucho menos de un desconocido como lo era Louis. A pesar de haber dormido en la misma cama, y de sentirme cómoda con él, no sabia nada más de su vida que no fuera contado por los medios de comunicación. De los que, por otra parte nadie podía fiarse.

Estaba hecha un completo lío. Todo estaba yendo muy deprisa. Recordé que la noche anterior Louis había insinuado que empezáramos una relación. No. Tenía que parar eso antes de que fuera demasiado tarde.
Si bien le había dicho que era suya desde el primer beso, cosa que no era mentira, yo no podía iniciar una relación con él. Y menos tan de repente.

Por suerte mi padre trabajaba, así que cuando llegué a casa no había nadie que tuviera que preocuparse por mi humor de perros. Me había despertado feliz, era cierto y pero en el desayuno había empezado a estropearse, y aquel "eres especial" lo había destrozado del todo.

No es cierto. No era especial. Nunca lo había sido.

Subí las escaleras entrando a mi dormitorio. Pero antes de tirarme sobre la cama le di un vistazo al espejo. Aquel trozo pulido de cristal la observaba con una mirada vacía, a la vez que irónica. Observé lo que el espejo me ofrecía con detenimiento y me detuve en el brazo derecho. Había llegado el momento de cambiarse la dichosa muñequera y lavar la que llevaba puesta.

Tenía dos muñequeras más que una alternando de vez en cuando, pero siempre sin mirar la cara interna de mi muñeca. Me avergonzaba.

En ese momento sonó mi móvil. Quité la mirada del espejo, me tumbé en la cama y contesté.

- ¿Hope? - Era Chris.

- Dime.

- ¿Dónde estás?

- En casa.

- ¿Qué? ¿Sola? - Suspiré.

- Sola. ¿Qué quieres, Chris?

- No hace falta ser tan borde... ¿Estás bien? Estás llorando, ¿no? - Me froté los ojos. Al parecer si estaba llorando y ni yo misma me había dado cuenta. - ¿Qué ha pasado? No habrás hecho ninguna tontería, ¿verdad?

- Ven. - Sollocé. - Por favor.

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