Llegó al aeropuerto y llamó a un taxi. Sus padres trabajaban así que no podían llegar a tiempo a ir a buscarla, ya que el aeropuerto estaba a una hora de su casa, y por consiguiente a hora y cuarto del trabajo de sus padres.
- Mamá, ya estoy en casa.
- ¡Beth! ¡Cómo has crecido! ¿Qué tal estás, todo bien? – Le dijo su madre entre achuchones.
- Ay, mamá. Sí, todo bien.
- Tú padre fue a inscribirte a la universidad, ha hablado con tu casero y puedes instalarte hoy mismo.
- Gracias mamá no se qué haría sin vosotros.
- Ains, mi pequeña se ha hecho mayor, ya no nos necesita. – Dijo su madre con los ojos humedecidos.
- No digas eso mamá, si estoy aquí es por lo que vosotros hacéis por mí. Sin vuestra ayuda igual me habría dado quedarme en Dublín.
- ¿Y qué tal allí la comida? Estás más delgada. ¿Has comido bien?
- Que sííííí, mamá…
- ¿Quieres comer algo?
- No, tranquila, nos han dado de comer en el avión. He venido a veros, pero lo mejor será que vaya a instalarme cuanto antes.
- ¡Pequeña!
- ¡Papá!
- No te puedes ir sin ver una cosa.
¿Una cosa? ¿Qué cosa? Se dirigieron al garaje. Un precioso Jeep negro les estaba esperando.
- ¿Os habéis comprado otro coche?
- No, pequeña, es para ti. Para que puedas ir a la universidad, con toda tranquilidad.
- Oh, papá, no hacía falta. ¡Muchísimas gracias! ¡Os quiero! – Dijo abrazándolos a ambos.
Después de unos cuantos achuchones y de prometer que después de instalarse se iba a acercar a verlos y a contarles cosas puso rumbo a su nueva vida.
Llegó al apartamento, no estaba tan mal. Era bastante grande para ella sola, tenía dos dormitorios individuales, un salón, una cocina espaciosa y dos pequeños cuartos de baño en cada habitación. También había una terraza con unas vistas espectaculares.
Sus padres habían encontrado el apartamento perfecto.
Sus padres habían encontrado el apartamento perfecto.
Tras instalarse, darse una ducha, y preparar todo para que esté listo cuando llegará fue a casa de sus padres como les prometió. Tenían que contarse muchas cosas, tal vez demasiadas.
- Bueno pequeña, ¿y qué tal tu vida por Dublín? ¿Por qué has decidido volver si estabas también allí con Liam?
- Eh… Sí… Bueno… De eso os quería hablar… - No sabía muy bien como decirlo, había pensado mucho en este momento y nunca le salían las palabras adecuadas. – Pues veréis…, lo cierto es que hace unos meses que Liam y yo nos separamos. Estuve un tiempo pensando en empezar nueva vida allí, pero todo lo que hacía allí me causaba un gran dolor. – No pudo terminar la frase sin derrumbarse y comenzar a llorar.
- Pero cariño, ¿qué fue lo que pasó?
- Se nos acabó el amor de tanto usarlo. En el trabajo conoció a una chica y…
No podía terminar de hablar, aunque habían pasado varios meses el dolor aún se hacía notar con frecuencia. No podía escuchar las canciones que escuchaban, no podía ver las películas que veían, no podía estar en sus lugares especiales sin romper a llorar. Pero tendría que enfrentarse a ello ya que aquí también pasaron bastante tiempo juntos.
Se despidió de sus padres y se puso a caminar, aunque era tarde no quiso pedir un taxi, prefería ir por los lugares que tanto conocía y hacía mucho que no veía.
Entró en el parque. Su parque. Su banco. Su árbol. No, eso no, eso le haría mal, pero ya era tarde, ya estaba llorando mientras acariciaba la marca, su marca. L&B∞. Unas palabras le vienen a la cabeza. “Tú y yo, y que le jodan al mundo, pequeña”.
- Mentira. Mentira tras mentira. Todo era una gran mentira, joder. Y no me di cuenta, soy idiota, joder, ¡una puta idiota!
- Yo no pensaría eso. – Dijo una voz extraña. Una voz masculina.
Beth se dio la vuelta para mirar quién había dicho tal cosa, y definitivamente no lo reconocía… Aunque, lo cierto es que tenía algo familiar. - ¿Y tú quién eres?
- Alguien que te ha visto mal y no quiere que llores. – Sonrió.
- No me gusta dar pena. – Respondió orgullosa y limpiándose las lágrimas con la manga. – Mierda. – Había olvidado que llevaba maquillaje, manchó la manga y supuso que en ese momento parecería un oso panda.
- No me das pena, solo que veo injusto que una chica tan guapa llore por un gilipollas.
- ¿Y tú cómo sabes porqué estaba llorando? – Aunque la respuesta era obvia, quería oír que le decía.
- No es necesario ser un lince… Lo siento si te he molestado, no era mi intención.
- No te preocupes. – Dijo mientras se agachaba a coger la chaqueta que se le había caído. – Por cierto, ¿cómo te llam… - El chico ya no estaba. Había desaparecido por completo.